Desde mi ventana

 

Como cualquier tarde de primavera, en ese preciso momento en el que la siesta se transforma en merienda, se abre una ventana y el mundo comienza a ponerse de nuevo en marcha alrededor mío. A través de esa ventana se muestra ante mí un universo lleno de posibilidades que hasta hace no mucho era inabarcable para el ser humano. Entre las muchas opciones elijo perderme en una conversación interesante con un desconocido que ha respondido de manera altruista a uno de mis comentarios sobre una de las noticias que dominan los medios. De los hilos de esta conversación he conseguido tejer un entramado de anécdotas, absurdeces y teorías conspiranóicas, sí esas que oscilan entre la conspiración y la paranoia. Pero, ¿adónde me llevan estas tribulaciones? A ningún lado, solo determinan el límite hacia donde mi imaginación puede expandirse.

Retorno a mi habitación y vuelvo a mirar por la ventana, en esta ocasión mis sentidos se ven inundados por una ola de humor absurdo encapsulado en un recipiente cuya etiqueta es difícil de leer sin caer en el mayor de los ridículos. Aquí la etiqueta es lo que menos importa, lo interesante es el contenido que versa entre lo banal y lo educativo, lo moral y lo pervertido. Por esta ventana es tan sencillo perderse que lo que hace un momento era humor se ha convertido en el mayor de los dramas. La realidad me ha golpeado de manera contundente, otra catástrofe humana, otro caso de corrupción, otro motivo más para perder la esperanza en el ser humano.

Me percato de que han pasado casi dos horas y mi cuerpo empieza a demandar un producto menos aséptico y más humano. Así pues, cierro esta ventana vacía que tanto tiene que ofrecer y que tan poco hemos de aprehender. Todo en su justa medida.

Me pongo en pie, ando los quince pasos que separan mi habitación del balcón de casa y abro de nuevo una ventana. Sentado en mi balcón, en el aire se mezcla un aroma entre azahar, café y comida turca. Un murmullo que baja por la calle Rodríguez Marín y sube por la plaza del Socorro  se sienta creando una melodía de voces, ruidos metálicos y vida.

Enciendo un cigarrillo y dejo que este se consuma al tiempo que se consume la luz de la tarde cordobesa que da paso a otro tipo de iluminación. Esta luz no la proporciona ningún tipo de tendido eléctrico, esta luz viene dada por embriagadas conversaciones empapadas de absurdez y cerveza, de reflexiones sobre la vida y la muerte. Entre todo este entramado de luces hay una que brilla con más fuerza que ninguna. Una voz que me pide que descienda de mi posición privilegiada y me una al conjunto de luces que ahora iluminan la ciudad.

Cierro mi ventana, cojo mi sudadera favorita y me deslizo escaleras abajo para encontrarme con ese mundo iluminado que ahora es absorbido por todos y cada uno de mis sentidos, haciéndolo tangible y tan humano.