Los veranos de cuando era niña

 

Para mi, cando era una niña, el verano empezaba al cerrar el colegio, justo el día después. Por la mañana, tenía la costumbre de levantarme muy temprano y coger el bus con mi padre para llegar a la estación.  Nos embarcabamos en un trén suburbano, lleno de gente adormecidas y de insoportables olores acres; incluso yo me dormía, acunada por el sonido de los carriles sobre los binarios. Luego papá me despertaba para salir y, con su mítica 500, íbamos a su oficina. Me ponía en un rincón con mis comics o con mis cuadernos de dibujos y esperaba que el tiempo pasara. En cierto momento, papá me llamaba para desayunar. Llevaba en su bolso marrón un envase de aluminio que Mamá rellenaba para nostroso, y comíamos  juntos. Luego volvía a la oficina, el tiempo pasaba y finalmente tomábamos la calle llena de curvas hacia el Pueblo.

Me acogía, junto con el aire cristalino y el fresco viento que cortaba el calor de la ciudad, el olor fuerte e intenso del estiércol de caballos, mulos, burros, cabras y gallina: un olor que infestaba cada piedra de la calle, cada casa e incluso la iglesia. Delante de la puerta había un barrote de hierro donde descostrar los zapatos, pero aún así, algo siempre entraba y el olor impregnaba el pelo, la ropa interior, las paredes... hasta no darse más cuenta y hacerse parte de aquel tufo colectivo que nos hacía todos iguales, a pesar de las luchas de clases.

Allí, en la grande casa, me acogían la Abuela y las tías y, después del primer baño, esperábamos la vuelta de los otros. Estaba en la terraza haciendo la “pequeña centinela lombarda” hasta que viera llegar los tíos a caballo, con las talejas cargadas con todos los bienes. Y empezaba la fiesta, al llegar la Reína, a la cual se dedicaban las atenciones por los trés meses siguientes.

Por la noche, me abandonaba en la grande cama con trés colchones de lana que me acogía como si fuera un capullo caliente. Al despertarme, desayunaba con la leche apenas ordeñada y con mucho azúcar, que dejaba en el fundo así que pudiera tomarlo con la cuchara, junto al pedazo de pan, cortado con una precisión geométrica desde el gran bocadillo: las primeras rebanadas estaban altas como un dedo, y luego, desde cada una de ellas, se hacían tiras sutiles para cortarlas en trozitos... y en cada rebanada, la miga compacta, con muchos agujeritos, como los del pan que se hace amasando a mano, con fermentos naturales y cocido en el horno de leña. El sabor de aquella leche y de aquel pan se ha quedado en mi cabeza y lo busco (con resultados escasos, pobre de mí) en cualquiera taza de leche y en cualquiera rebanada de pan...

Los dìas pasaban con otros ritmos, calmos, lentos.

La Abuela, después de haber críado las gallinas, se sentaba para hacer la calzeta con sus agujas y me contaba historias. Me hablaba de su madre, a la cual yo me parecía, de su marido, mi abuelo, muerto esperando a la nietita, nacida solo después de un més. Me mostraba mi padre de niño, regordete y desnudo sobre una piel de leopardo o bien engallado en la uniforme de “Figlio della Lupa”, que el gobierno fascista obligaba a poner. Me mostraba sus papeletas con una sarta de 10 y de juicios lisonjeros.. e yo gozaba de los viejos papeles y de los viejos libros, con las páginas amarillas y el olor del hogar, de leña quemada y de pan apena deshornado.

Cada día era un nuevo descubrimiento: muchos se ocupaban de mí y allí aprendí al menos la mitad de las cosas que sé hoy en día. Un día hacíamos galletas, un día el pan, una tarde íbamos al bosquetes y otra vez a la Villa. Si hacía mal tiempo y no podíamos salir, cortaba figuras de los periódicos o jugaba con mi Barbie, para la cual había creado una casa en la ventana: fue gracias a ella que aprendí a laborar de ganchillo (necesitaba mantas y cortinas!).

Y leía, leía sin aburrirme nunca, aunque era la única niña: tenía demasiado que veer y experimentar, como las sábanas bordadas, el bastidor para el hilo, las ovejas que buscar en la canasta para luego ponerlas, super calientes, dentro del cerrado. Y luego el campo, el recoger de las frutas en el árbor, los paseos entre los olivos: “Mira, éste árbor lo plantó mi padre cuando nací yo, éste cuando nació tío Enzo, éste…”, la vendimia y pisar la uva en el tino.

En mis veranos nunca había calor. El calor lo dejaba en la ciudad. Allì, en el pueblito, salía con la chaquetilla y dormía con dos mantas.

Aquel mundo ya no está, pero es suficiente cerrar los ojos, escuchar el sonido, oler un perfume...

y todo se vuelve real.

Y es dulce perderse en este recuerdo.