cŏr, cordis (lat.): corazón.

Estoy en casa, la noche se aproxima y con ella el final de un septiembre como otros tantos. Pierdo el tiempo vagando de una habitación a otra, en un extraño estado de ánimo: esa inquieta perspectiva de cualquiera que está habituado a esperar pero que sabe que ya no volverá. Este humor me acompaña desde hace tiempo, como un fantasma mudo. Me fuerza a moverme, a no quedarme quieta, en un inútil intento de diseminarlo.

De repente, el sonido intruso de la campana me congela el paso, el pie todavía volando, y por un instante también el corazón, que, a su pesar, todavía y siempre resta un músculo involuntario y en una paradoja anatómica, testarudo. Obstinado, hace una mueca y te llama por el nombre, pero sabe bien que no puede ser tuya la mano que llama a mi puerta, aquí, ahora, esta tarde.

De hecho, delante mía – la puerta abierta en el impulso de aquel paso interrumpido a mitad, mientras en el aire se cierne todavía el eco de la campana, trino cargado de promesas- en la entrada, aparece un señor anciano.

No habla, no sonríe. Se está quieto, los ojos acuosos de un azul que debe haber sido el espejo de tantos horizontes, al menos en cuanto parece que los llevara, en la tela de araña elegante que las arrugas se diseñan en la cara. Silencioso, me mira. Perdido. A penas consigue entender que se ha perdido, no parece recordar nada, no responde a las preguntas, más bien mira a su alrededor con un aire de descubrimiento total, como si fuese un recién nacido o como un ser de otro mundo.

Sin saber que hacer lo dejo entrar, hago tiempo, «¿Quiere un vaso de agua?» Él no responde, mira por la ventana por encima de mi hombro el cielo que comienza con su puesta de sol.

Está físicamente presente, pero al mismo tiempo ausente. «Asediado por una ausencia» pienso instantáneamente, robándole las palabras a una vieja canción. Lleno el vaso, se lo ofrezco. El silencio afila por un momento los sentidos, lo observo mejor. El rostro está oscurecido por el sol, debe haber sido un hombre guapo, de joven. Lleva una camisa verde, de cuadros, con las mangas arremangadas. Alza el vaso y se lo lleva lentamente a la boca; de la atención que le presta, parece haber olvidado también este gesto tan simple. Noto que tiene pequeñas señales negras en el interior de la muñeca y me surge de improviso un extraño miedo, nunca experimentado, de antiguos conflictos que vivían en los libros. Me comienzo a inquietar y de repente me doy cuenta que he hecho entrar a un completo extraño en mi casa. Miedo irracional: «No puedo quedarme aquí». Me pongo nerviosa. Él no se da cuenta de nada, perdido en sus pensamientos que imagino vacíos, blancos. Lentamente me acerco para verlo mejor, me equivoqué, no era un tatuaje, más bien algo escrito con bolígrafo, ¿quizás su dirección? Es ilegible, parcialmente borrado, se diría que mojado.

Respiro, dándome cuenta de haber mantenido el aire en los pulmones durante toda la duración de aquel periplo mío por la mezquindad humana. La mía. Me avergüenzo, y de un impulso decido: «Venga», le digo «lo acompaño, usted se ha perdido». Pienso llevarlo a un cuartel, allí sabrán qué hacer.

Subimos al coche, el sol comienza a ponerse.

Dura pocos minutos una puesta de sol, y dicen que nunca uno es igual que otro. Sin embargo, aquí en la ciudad del incesante viento caliente, cotidiano, un milagro cada día idéntico a sí mismo. Al tornar de la noche, en el momento en el cual la luz anaranjada se desvanece en el rosa, por un momento la ciudad y su escuálido puerto se ilumina de un brillo antiguo. Dura solo un momento, pero quien lo ha vivido lo lleva dentro. En un abrir y cerrar de ojos la fealdad metropolitana reanuda el barlovento, la puesta de sol se convierte en una paleta normal de colores fríos, apagándose con una calma imperceptible en el crepúsculo, haciendo olvidar al menos hasta la próxima tarde ese rayo de inmensa belleza. Es el único motivo por el cual volvemos siempre aquí, nosotros que lo hemos visto. El haber vivido un momento inmenso. Tan difícil de contar y sin embargo deja una mancha persistente por un segundo incluso a los corazones más corajudos. Aquellos de los marineros lejanos, ojalá, que si por solo un momento en la oscuridad lejana de tabernas lóbregas sobre el océano, encuentran escondido quizás allá donde la intensidad del vino, el recuerdo de aquel momento mágico y cotidiano, y –en secreto- lo lloran.

Ralentizo sin darme cuenta, secuestrada y sorprendida como siempre por aquella gran belleza.

Mi compañero de viaje abre los ojos. Con un gesto me hace parar. No habla. Se baja, en la orilla hay una caña de pesca. La coge, ceba el anzuelo y con un gesto arcaico y lento, seguro, la lanza. El sol, ya a punto de ser devorado por el agua, extiende sus últimos rayos de luz violeta pintando uno a uno los círculos que se alargan poco a poco, vibrantes, inexorables, efímeros.

Es ahora que entiendo la verdad sobre mi misterioso encuentro. Nunca había estado perdido, él, al menos no más de cuanto lo esté yo o tú.

Lo dejo allí. Y me marcho. Pero no vuelvo a casa, que puede que con la mente se pueda olvidar, pero con el corazón, no, no se descorazona*.

«El hombre mortal, Leucó, no tiene sino esto de inmortal. El recuerdo que lleva y el recuerdo que deja. Los nombres y las palabras son esto. Frente al recuerdo, también ellos sonríen, resignados.» (Cesare Pavese)

 

 

*Del termino italiano Scordare: del latín COR, CORDIS- corazón, y el prefijo s-, que sustituye a EX, fuera de.