Como tú

Cada sonido tendría que tener su propio nombre, como las personas.

 

He aprendido a caminar dos veces. La primera, tenía un año, un año y medio, creo, estaba ahí con las manitos agarradas al sofá verde que teníamos un nuestra primera casa. Mi madre me miraba de la butaca moviéndose,- ¡Vente aquí! ¡Dale! ¡Vente! – me repetía y sonreía y volvía a ser niña ella también. Por eso las mamás son tan guapas, así como los papás, vuelven para atrás otra vez.

 

La segunda vez que aprendí a caminar fue contigo. Cuando te conocí.

Tú pasabas tus días delante de un piano, yo estaba ahí, te miraba mientras que todos aquellos sueños salían de tus dedos delgados: con el frio del invierno huían acolchados por los resquicios de las ventanas cerradas; en primavera o verano, cuando abrías aquel paso, se expandían limpios en el aire tibio. Nunca me habías dignado de una mirada, ni tampoco un momento de atención locuaz para imaginar nuestro futuro juntos: la boda, la casa, nosotros de mayores jugando de cartas y luego aquel año terrible sin ti antes de que te siguiera. Todo esto largometraje tenía que imaginarlo, ni la mínima chispa por tu parte. Vivía de aquellas teclas y macillos que dulcemente mandabas hacia las cuerdas de tu instrumento, prolongación natural de tu cuerpo, de ti. Vigilaba como un guardián aquel espacio sólo tuyo. Susurraba pero sólo tal vez, mimetizado con el exterior, tus notas. Sí, estaba loco por ti; tú no sabías tampoco que yo pudiera existir en tu limbo sonoro.

 

El hecho de que yo estuviera ahí, a pesar tuyo, quizás, llegó a ser bastante raro cuando tenía dieciocho, particular de verdad, estrafalario, cuando cumplí veinte, patético y piadoso cuando con veinticinco tuve que elegir si dejar o menos la ciudad. Te juro, sé que no me crees, pero te aseguro: eras una entre las motivaciones para quedarme ya entonces. La única que afectaba mi sentir, pero fui siempre un tipo glacial. Salvo que por aquel momento de la tarde en el que tú, y sólo tú, practicabas tus melodías cortísimas.

Sí, ahora te bromas por lo que hice, pero para mí era como motivación de valiente orgullo. Un trabajo interior durado por días, meses, años, siempre. Un doloroso juego con el corazón que sigue hasta hoy, porque tengo que decírtelo eres de una belleza tenebrosa, que me marea.

Tenía que apurarme, agarré mi valentía dormida y elegí tocar el timbre de la puerta de tu casa. – Sí, toqué tu timbre, ya sabes, pero nunca te lo conté en realidad, con mis sonidos y mis imágenes. – Elegí durante un tiempo demasiado largo, entonces cuando elegí que había elegido se trató de un momento suelto, como una intuición de Arquimed: ¡eureka! Y ya estaba al umbral, como bajo efecto de substancias estupefacientes, con los órganos en taquicardia e incierto sobre la presencia de tus padres en casa, quizás no sólo la tuya. ¿De otro? Quizás eras de otro… Estos eran los pensamientos que estúpidamente, sólo en aquel momento, estaba haciendo, después del fragor que yo mismo había producido y antes del que, sin esto, se trataba todo de un tranquilísimo rincón en el que podía quedarme hasta siempre. Me sentía un idiota, imaginarme ahí con una gotita de sudor en la costa este de mi nariz aquilina, con la presión alta como el Himalaya y los pensamientos enredados de un amante celoso primerizo, además de un amor imaginado durante decenios de presunta total indiferencia tuya. Tenía propio que ser el idiota.

 

La suerte descarada que siempre me adelantó me hizo un regalo inmenso, y agradezco las nieblas más altas. Estabas sola en casa y me abriste la puerta en la cara. Exploté, entendí todo y enseguida a tu primera mirada con las orejas, con tus primeras palabras ondosas y musicales. – Te acuerdas bien que nos decimos, lo que no acuerdas es cuando me enseñaste a caminar de nuevo. – Rozaste distraídamente mi mano conduciéndola hacia tu hombro y me preguntaste si podía llevarte afuera para dar un paseo, a caminar, porque querías sentir el ruido de los rayos de sol sobre tu epidermis.

Te guiaba con la mano sobre el hombro hacia aquella luz cálida porque tú no podías ver, - pensaba entonces, - pero aprendí a caminar de nuevo y aprendí que amar era mirar contigo, como tú­­­­ y no por ti.

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