Encerrada Aquí

“¿Y si probase a escribir sobre cualquier otro y me dejase a mí la tarea de ser?”

Margherita se lo pregunta mientras atraviesa la calle, una tarde de febrero, y se dirige a casa.

“No creo que ninguno sepa de verdad como estoy hecha por dentro.” Lo realiza esa tarde, llevando a cabo el mismo recorrido que tantas veces había hecho sentada en el carrito colocado por su niñera.

Piensa en los años de niña, en los “mmm, sí…” que concedía como respuesta a las preguntas demasiado complicadas.

Prueba a redactar una lista con sus características.

Termina la lista.

Comienza a borrarla.

Un tipo con tres perros la adelanta dejándose arrastrar en dirección contraria.

 

También S quería saberlo «es como si no me hubieses mostrado siquiera una mínima parte de ti. El resto lo tienes encerrado ahí» dice.

Margherita querría responder mmm,sí… y volver a balancear las piernas en el carrito de nuevo, pero después se mira los zapatos, bien plantados en el suelo, y debe comenzar a escarbar, a buscar las palabras.

A Margherita nunca le había interesado hacerse conocer, regalarse, exponerse. O quizás nunca había estado segura de qué habría llevado en la bandeja para ofrecer a los ojos de los demás diciendo «¡mira, esta soy yo!».

Siempre se había conformado con la idea que los demás tenían de ella.

Era lo suficientemente buena, y esto le bastaba.

«Sin embargo…» el aire le desordena el cabello y ella se aparta los mechones de los ojos. «Sin embargo, nunca he dejado de construir, destruir, redimensionar. Dentro».

Piensa en aquella muchacha que ha visto en la pantalla de una sala de cine, en la escena en la cual una mujer, vieja, de piel arrugada, la apunta con el dedo y le dice -hace falta una agudeza que tu sencillamente no tienes.-.

Piensa en las palabras de S mientras busca frenéticamente las llaves en el bolso. En el día en el que él había esperado retenerla ante el precipicio en el que estaba cayendo «¡no te sientes a la altura siquiera de aquello que eres!» le había dicho, con un aire sereno, como de quien sabe que no hay nada de cierto en las palabras que está pronunciando.

 

Está recorriendo los últimos metros que la separan del jardín, a lo largo de la acera algún árbol desnudo la sorprende aquí y allá con pequeños capullos en flor. Tiene las manos llenas de libros de la universidad, abrir la puerta se convierte en una serie de movimientos de contorsionista para evitar tirar todo al suelo.

Le vuelve a la mente un cuadro de Monet y tres farolillos chinos de la noche de nochevieja. Entiende que está todo ahí. En un fuego encendido en el ángulo más remoto del rincón donde se ha escondido y en un paisaje blanco, desnudo, pintado sobre la piel de su cuerpo.

Se vuelve a ver mientras enciende el farolillo, escondida de todos, el tiempo justo para probar a imaginar, cómo es, ser ella.

“Es este mi proyecto” piensa mientras el perfil de la llave se encaja, perfecto, en aquel de la cerradura.

“Y no creía siquiera de tenerlo yo”.

Una vuelta

“Un proyecto”

Dos vueltas

“No creía siquiera poder albergar algún deseo de saber”

Tres vueltas

“Como S”

Cuatro vueltas

“Debo encontrar algo que lo prenda. Expresar un deseo. Creo que así funciona.”

Cinco vueltas

“Un proyecto”.

La cerradura salta

“Lo tienes ahí por un momento, los cuidas, lo transformas. Después, cuando está listo, expresas un deseo y lo lanzas”.

Margherita cruza el umbral de casa y siente al gato acercarse. Deja el bolso, los libros, se quita la bufanda, abre la ventana y escruta el cielo.

Suelta un farolillo y, con él, el sueño que ha expresado: aprender a ser suficiente.

Back to Chiusa qui