¿Quién eres?

Después de haber mirado los calcetines sucios, inermes en el pavimento, sin tener el coraje de recogerlos del suelo, pensé que el dolor de piernas fuese la causa de mi humor. Pensé también, tumbado sobre la silla, que se habrían levantado por sí mismos y habrían corrido a esconderse en cualquier resquicio angosto de mi habitación.

Me lo hizo pensar una ráfaga de viento que entró por la ventana; llevaba tu voz, posada sobre el filo larguísimo de una distancia sideral, así tan extensa que no se podría cuantificar. Me giré de golpe, como un animal que huele un aguacero. Escuché la catástrofe, desde el perfume de tu acento, al interior de aquel céfiro.

La familiaridad de una voz que no conseguí reconocer me hizo saltar de la silla. Atravesé los postigos entreabiertos de la ventana y me asomé por el balcón, alargando la vista hasta la calle. Analicé la silueta de cada alma que vagaba en el vaivén de la vida, consumiendo el asfalto gris de la acera. Parecía que ninguna de ellas poseyese tu voz, excepto un pedazo de sombra que alzó el paso apenas mi mirada lo individualizó.

Me convertí en un rayo: me puse la camisa, cogí las llaves, atravesé la puerta, salté los escalones de tres en tres, me lancé a la calle mientras el viento y tu voz habían ahora tomado un tono más vívido. Tu sombra había superado la esquina, se había mezclado entre las siluetas de la gente, en el desorden de la primera mañana de la primavera.

 Caminé, siguiendo el olor de tu existencia, vislumbrando a duras penas el perfil, que intuía fuese el tuyo, mientras el soplo de tu voz apenas me desordenaba los cabellos. Caminé con paso rápido, ignorando el ácido láctico de las piernas. Zigzagueaba entre los pasos de los desconocidos a mi alrededor, más allá de sus voces al teléfono, más allá de sus perfumes rancios y sus vestidos gastados. Atravesé tres pasos de peatones, mientras la distancia entre nosotros aumentaba. Te perdí por poco, intentando evitar el tranvía. Entonces vi, de nuevo, tus pasos evasivos más allá de las rejas del parque.

Me paré y respiré un momento, consciente de que habría podido perderte - pero ¿quién eras? – con la emoción de aquel cansancio: las piernas me ardían.

Con el jadeo cortándome la respiración, continué de nuevo a pasos lentos, alargando la mirada. El parque se extendía por buena parte de mi campo de visión. Un columpio oxidado chirriaba en el balanceo de tu voz. Los niños estaban en la escuela, no cantaba ninguno aquella mañana. Solo tu viento hablaba y me llamaba, mientras escondías tu sombra entre los recovecos, los matorrales, las ramas de los lárices y el mantillo pálido.

 Me llamabas, a través del viento.

- Pero, ¿quién eras? – grité en cierto momento, con la cabeza hacia el cielo templado, frente a las nubes somnolientas. Aquella familiaridad olvidada me producía un profundo fastidio, una neurosis convulsa.

No me habías escuchado, quizás no querías o mi grito era sordo, absorbido por el silencio voraz del parque. Un reloj lejano daba las horas. Di un paso y pareció casi que el ruido de aquella campana dispersa me hubiese susurrado una sugerencia.

El borboteo del estanque artificial. Sabía de su existencia, poco más allá de aquella gran fila de castaños, hirsutos como abanderados. Caminé disfrutando de los instantes antes de poder vislumbrar tu sombra esconderse en la orilla. El ruido del conglomerado bajo mis pies era confortante.

- ¿Estás aquí? – grité una vez superada la barrera de troncos y hojas.

El estanque se había calmado, envuelto en el plácido gorgoteo de su agua artificial. Estabas allí, bajo las hojas de loto inermes, como mis calcetines, sobre la superficie del agua. Me dolían las piernas, todavía más. Veía tu perfil fundirse más allá de la cubierta del húmedo follaje.

Escuché un último murmullo, después con la punta extrema de mi cuerpo, el índice arañado por el viento, removí delicadamente tu protección. Se te entreabrió un gemido en el pecho. Los labios se entornaron, cerca pero no lo suficiente como para tocarse, eran la metonimia de aquel trayecto.

Sobre nosotros permaneció a flote solo el último interrogante: ¿quién eres?

Back to Chi sei?