Caer

Mi madre quería que yo fuera arquitecto.

“¿Te gusta construir casas? ¡Y entonces estudia como arquitecto!”

Y yo me he hecho operador de grúa.

Operador de grúa, ¡no obrero! Cuidado porque, con todo el respeto, hay algunas diferencias, aunque mi madre no la ve así.

Yo las cosas las miro de arriba.Y además no quería construir solo casas sino puentes, escuelas, quizás una iglesia también.

La primera vez que puse un pie en la cabina de mando casi me desmayaba por la emoción y la altura, nunca te das cuenta de cuanto las grúas son altas hasta cuando mandas una, yo lo digo siempre.

 

Luego el silencio.

Estás solo ahí dentro con tus cascos, estás concentrado, mover el brazo, desplazar, dejar caer.

Maniobras cantidades enormes de material y llega un momento en el que sueltas todo.

Es tan difícil. En cierto sentido soy un artista, he intentado un montón de veces de explicarlo a mi madre, yo creo que lo hago bien mi trabajo, dejar caer es difícil, la gente piensa que no es así.

Porque es diferente respecto a echar.

Eso es fácil.

Dejar caer y echar, caer y precipitar, son cosas diferentes.

Hay que ser muy fuertes para caer.

Mi madre, claro, piensa diferente.

Grita siempre que de un día para otro voy a caer de la grúa mientras estoy sentado sobre el brazo durante el descanso.

A la mierda, pienso yo. Mi grúa nunca me traicionaría.

De todo modo eso no sería caer, sino precipitar.

Es un arte lo de caer, y no te lo enseña nada y nadie.

Hay que saberlo hacer, decidir que es aquello, propio aquello, el punto en el que apoyar el peso. Hay que acompañar el movimiento, ceder, así es, hay que aprender a ceder.

Mi madre, por ejemplo, nunca aprendí a ceder. Llevo siete años subiendo sobre mis grúas y ella todavía no cede.

Dice que soy un fracaso, bueno para nada, que gasté mi talento, su dinero, mis oportunidades.

Sabía dibujar, tenía un don, quería que fuera arquitecto, pero yo quería ser operador de grúa, quería aprender a dejar caer. Ella no sabe caer.

Pero sabe precipitar.

 

Precipitó esta mañana.

Sobre el adoquín, sin elegancia, y con un sonido bastante molesto. Estaba justo acabando de repetirme cuanto yo sea un grandísimo idiota, que gran decepción como hijo: un simple operador de grúa y no un arquitecto; un fracaso, sólo un fracaso.

No quería de verdad echarla al suelo, creo. Quería sólo que parase, que cediese. 

Pero ella no sabe ceder, no sabe caer.

En cambio yo sí.

Estoy cayendo ahora. Elegí el punto con meticulosidad, calculado la distancia del suelo subiendo mi querida grúa, había un montón de silencio, necesitaba propio de silencio.

He paseado sobre el brazo, pensaba a mi madre boca arriba en la sangre, precipitada.

Iba a caer, no importa si nadie iba a entenderlo.

Yo sé que caer es un arte, en la vida todos precipitan todos, sin fin, sin destinación, pero yo no, soy operador de grúa y yo sé caer, sé ceder a la vida.

Yo sé dejar ir, si se trata de mi también.

Al telediario, ya lo escucho, van a decir que era un loco, un desequilibrado, que todos lo sabían, que antes o después iba a hacer un desastre. Quizás es verdad, sabes que me importa.

Es bella mi grúa, eso lo sé, y me gusta dejarme caer, finalmente, en silencio.

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