Azul

Y también aquella vez se había impuesto el camino habitual. Las gaviotas sobre nosotros volaban en todas direcciones, diseñando espirales blancas de una purpurina deslumbrante, el sol quemaba, pero ninguno se daba cuenta de ello. Solo tú prestabas atención a ese vuelo seráfico.

El agua se ponía más fría y todos en una ociosa calma esperaban que la corriente caliente llegara para llevársela como cada año.

Pero tu odiabas el agua caliente, eras intolerante.

He oído – decías a veces- que las corrientes frías mostraban los mares más bellos, las tierras nuevas y los glaciares. ¿Se imaginan?

Yo me jactaba que fantasear sería suficiente, que tus pensamientos fuesen solo sueños. Curiosa y atenta, ninguno te entendía e incluso yo a veces no conseguía comprenderte, o al menos fingía enfadarme por no saber hacerlo. Pero me quedaba a tu lado y en silencio te observaba permanecer horas enteras, mientras la corriente nos arrastraba, mirando los rayos de sol penetrar el agua. Sin embargo, estabas ausente y te sentía oprimida por ese abrazo de agua caliente. Mirabas con admiración los grandes bancos nadar hacia el norte. Soñabas.

En realidad, te entendía, pero tenía miedo

Pensado en aquel momento no sabría decir que estaba sucediendo. Que te empujó a marcharte.

Estabas allí junto a mí. ¿Cuántas leguas habíamos recorrido juntos? Siempre he temido que un día dándome la vuelta para buscarte, no te habría encontrado más. Muchas veces te observaba con aprensión, preparado para pararte. Pero sabía que algún día ya te habría perdido.

He querido perderte. Te he visto mientras te alejabas en el azul más oscuro, y he fingido no darme cuenta, no te he parado. Si te hubiese llamado, quizás te habrías dado cuenta de aquel prodigio. Pero estabas preciosa y yo te vi. Y eras azul. Azul en aquel inmenso azul. Y por primera vez te vi nadar, escoger una dirección. No intenté seguirte, no podía, no sabía hacerlo. La corriente no era fuerte, era la misma corriente de siempre, ninguno había probado nunca a dejarla, a salir de la línea imaginaria que cada año puntualmente seguimos. Lentamente desapareciste, quizás estuvieses parada mientras la corriente me alejaba de ti, pero incluso el estar parada habría sido una rebelión. No, estoy seguro que has nadado y todavía continúas haciéndolo. Te diste la vuelta, e incluso si no podía verte más, sentí caer una lágrima. ¿Cómo puede existir una lágrima en el océano? El agua es y será solo agua para quien no siente.

 

Días después de tu marcha, el mar se dio cuenta de nosotros y fuimos empujados con fuerza unos contra otros. Habíamos sido alertados, algunos peces nadaron hacia el mar abierto, intentaron convencerse de cambiar la ruta. El pánico como un temblor que recorre toda la espalda. En peligro cualquier cosa se tantea. Todos intentamos nadar, pero éramos incapaces, no era nuestra naturaleza. Estábamos paralizados e inmóviles mientras el mar se enfurecía, y ola tras ola la resaca nos empujó hacia el litoral, una última ola alta nos tiró contra la tierra firme. Cuando el sol se alzó, recuperados los sentidos y por última vez fuera del agua pude sentir el sonido de las olas, y el ruido de la tierra.

¿Dónde estás? ¿Me escuchas?

Y ahora estás sola:

Ahora estoy solo en el medio de todo, sobre esta tierra que es un pedazo de infierno. Inmóvil, abandonado, porque no he sabido vivir el Océano.

Tú has nadado a contracorriente, estás a salvo. ¿Me escuchas?

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