Balon

Más que a mi madre, junto a mi padre habría visto mejor una mujer más sumisa; junto a ella, un hombre algo mejor escuchando; a mi lado, esperaba que fuesen entre los dos cualquier cosa que no podían ser. Debía aún comprender que la vida nos agarra y nos remezcla un poco por casualidad, como hacen los malabaristas del jabón, sin tener mucho cuidado de las relaciones humanas. Yo ciertas cosas no era certero a coger: tenía miedo de todo, de los cambios de humor, a los relámpagos en el cielo; era un niño siempre en tensión, con el flequillo siempre despeinado y las manos sudadas. Había comenzado a ver muros por todos lados, más altos conforme iba creciendo.

Fue mi madre a darme inconscientemente motivo justo para resolver mis problemas. Una mañana, debía ser a finales de febrero, yo tendría dieciocho años, estaba escuchando en la radio Le mie bolle blu de Mina. Estaba sentada en la cocina, un pie que se movía al compás de la música, hizo volar una pantufla. “Adoro las pompas de jabón -había dicho sintiéndome entrar en la estancia- dentro llevan el mundo. Existen por un momento, reflejando todo aquello que pueden. Son frágiles, no obstante, dejamos a los niños jugar con ellas”. “Bueno, aparte de eso, no es que sirvan de mucho: y para nada paran las bombas”. “Quizás no; pero las pompas consiguen volar por encima de los muros”. Me fulminó: en aquel momento entendí que, si había un modo para tirar abajo los muros en mi cabeza, era echar al aire pompas de jabón.

Habría sido la decisión de un adolescente, pero he conseguido el título y me he unido al primer circo que pasaba por la ciudad; papá me ha regalado un cuchillito, mamá me ha dado un beso en la frente. Después se han agarrado de las manos por un momento mientras me alejaba sobre la caravana del viejo payaso que me había tomado consigo, Gaggio Rosso, y de su hijo Dritto. Con el circo he dado la vuelta al mundo. Daba de comer a los elefantes y remendaba las mallas de los malabaristas. He vistos las montañas y el océano. Realmente he tirado abajo los muros de mi cabeza aprendiendo a hacer pompas de jabón. Después, cuando la compañía se hubo disuelto, los viajes en solitario, mis espectáculos por las plazas, los otros que se colocaban en cualquier lugar, aquella melancolía que los circenses llevan siempre dentro, todo escondido dentro de mi nuevo nombre, Wallie Emerald, y la sonrisa de payaso… De estos cincuenta años de calle y hambre, los recuerdos convergen en una sola escena: la esfera de jabón que pende de un hilo, se bambolea un poco hasta la mirada atenta del niño que no espera a otra cosa más que atrapar aquella y todas las pompas del mundo, que salta aquí y allá mientras su madre saca la fotografía. Al menos en una aparecerán juntos, el niño y la pompa, un segundo antes de desaparecer, ella, de crecer, él.

He comenzado a pensar de nuevo en mis viejos muros porque ahora el mundo los ha alzado de nuevo. Y es precisamente en uno de estos muros que finalmente me bajo del furgón y me encuentro a Dittro. Hace una quincena de años se había marchado por Turquía con una caravana de bailarinas del vientre y traga fuegos, qué ocurrió más tarde no lo sé. Habíamos terminado con las comparaciones: nuestras espaldas están más curvadas, sobre la espalda se marcan los omoplatos, los ojos se han agrisado; dos hermanos envejecidos por un esquema parecido. La lengua en la cual nos saludamos solo la conocemos nosotros. “Todos estos km en pleno inviernos, balengo. ¿Por qué?”. En el corazón del gueto nos encontramos a nosotros mismos en la mezcla del jabón, dos alquimistas enloquecidos, en el destilar de glicerina y azúcar, en el montón de hilos y canutos. “Cuando las personas no entienden nada más, prandelín, los muros se alzan: y nosotros los soplamos con las pompas de jabón”.  

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