Tener una vida y perderla allende el océano

Azoto la puerta del taxi, espero tener bastante dinero para pagar el viaje. Mitad de la noche, el taxista charla quejas sobre su trabajo, yo solo intento no pensar. No mirar la calle a la que me estoy dejando atrás.

La de esta noche, tenía que ser una cena perfecta. Leonardo vino hasta aquí desde Nueva York. Doscientos tres días sin ver esa sonrisa seductora, doscientos tres días sin que su mirada se espejase en la mía, doscientos tres días sin que nuestros cuerpos se estrechasen el uno al otro. Fui a buscarlo al aeropuerto, nos perdimos en un abrazo largo y caliente. Mi nariz fue inebriada por su dulce perfume de vainilla, tan familiar, a pesar de no olerlo durante mucho tiempo. Me dijo que me veía más hermosa y yo me enrojecí. Siempre tuvo el don de la palabra. Tal vez fue su manera de hablar la que me hizo enamorar de él, la manera en que las palabras, al salir de sus labios inmaculados, se transformaban en algo angélico. Hicimos el amor, abrazados bajo la colcha invernal, cuidado de no gastar ni un solo segundo a nuestra disposición, conscientes de que ese momento paradisíaco tenía un tiempo límite y que él habría vuelto pronto a su trabajo de periodista en Nueva York, mientras yo habría empezado a contar los días de su regreso. Se había transformado en mi hobby favorito. A pesar de decirme de hacer algo para distraerme, al final siempre me quedaba enfrente del calendario a marcar con una X roja cada día que pasaba. Él vivía su vida y yo esperaba que la mía volvía de América. “Te llevo a cena, esta noche”, me lo susurró en el oído al salir de la ducha. Me sorprendían todas esas atenciones, considerando que todo lo que solíamos hacer era quedarnos en nuestro nidito de amor mirando películas y hablando del último libro leído. No salíamos mucho, pero me daba igual, bastaba con el hecho de que él estaba a mi lado. Al restaurante ordinamos ñoquis con salsa de nueces, filete de ternera y hasta el postre. Me sentí tan agradablemente viciada que me pregunté por qué, durante todo ese tiempo, nos habíamos privado de estos pequeños placeres. Todo iba sorprendentemente bien. De repente confesó que había estado con otra mujer. Varias veces. ¡Vete al diablo! Me levanté y trató de impedírmelo, agarrándome por el pulso. “Fui sincero contigo, fue un error. Yo te quiero.” gritaba, y todo el restaurante disfrutaba del espectáculo. El hombre que amaba, no conseguía verlo. En ese momento solo veía las lágrimas que luchaban para salir de mis ojos azules, los mismos ojos que él había descrito como “la mar dentro de la cual quiero nadar eternamente”. Aquella mar siempre calma durante todos estos años ahora se había vuelto en tormenta. Ojos llenos de un odio que nunca tuvieron ocasión de sentir. Una vez que me libré de sus manos, llamé un taxi y escapé de allí sin tampoco mirarlo por última vez.

Él regresará a Nueva York y dentro de unos meses su vida volverá a la normalidad, con su trabajo, su nueva mujer, sin mí.

Yo regresaré a la que llamábamos casa, y dentro de unos meses ni siquiera sabré cual será mi cotidianidad, no sé si me quedaré sola, si me quedaré aquí o me iré a cualquier otra parte, no sé si conseguiré reconstruir las piezas de mí que Leonardo destruyó. No sé.