Aire

Estamos aquí dentro desde cuando tengo recuerdos, cerrados en este lugar angosto.

Aún me acuerdo de los cuentos de mi madre, de como los sacaron de sus casas. Era mañana: algunos hombres de uniforme, qué nunca habian visto antes, los hacieron levantar abruptamente y, sin ninguna explicación, le dijeron que subieran a una camioneta sucia y angosta.

El viaje fue interminable, sin agua y comida durante días. El abuelo Abram murió, esa experiencia se le resultó fatal. Su cuerpo se quedó con ellos hasta cuando no llegaron a su destino.

Mi mamá lloraba y no conseguia hacerse a la idea, alguien había hablado, alguien los había vendido, los había traicionado!

Cuando llegaron le dijeron que salieran de la camioneta. Uno tras otro entraron a una sala, de paredes blancas y ladrillos gastados, arriba los difusores de agua, esperaban; pero nadie contestaba a las preguntas, esos hombre solo daban órdenes perentorios y quien desobedecía recibía feroces golpes de porra; algunos de ellos presumian hasta armas de fuego en la funda.

Salieron dando un portazo y inmediatamente se oyeron pequeños burbujeos que procedian de las paredes, el agua rellenó las tuberías y salió de los grifos: ¡qué visión!

Después de un viaje en condiciones inhumanas, por fin el agua, fría y refrescante, lavó, solo por unos minutos, el horror desde sus cabezas.

Mi primer recuerdo se remonta a un momento posterior: cuando, uno por uno, nos hacieron el examen médico. El “Médico”, de bata blanca y guantes, controlaba extremidades, cráneo, tórax, boca. Me acuerdo sus manos que agarran mi cabeza y abren mi mandíbulas: la lluz que tenía de frente me cegaba, y sus dedos en la garganta me causaron una sensación inmediata de náusea.

Aquí está mi primer recuerdo de mi vida, ¡la sensación de náusea!

Después de la visita nos llevaron aquí, en esta celda, con reglas precisas: horas 8:45 llega Jhon con la bazofia, se hace una cola y cada uno come su ración.

Horas 13:45, misma historia.

Horas 18:30, misma historia.

Todo absolutamente idéntico y alienante, cada día, desde hace dos años.
Una monotonía entrecortada solo por las nuevas entradas y por el horror de las tomas forzada.

Algunas mañanas Jhon irrumpe en la celda, nunca llega solo. Llega con dos o tres hombes de uniforme que miran alrededor e indican uno de nosotros. Todos intentan escapar o esconderse. Nos gritan palabortas y se rien a carcajadas. Agarran, con sus brazos poderosos, el pobre hombre que eligeron y lo llevan con ellos entre llantos espantosos. - Quien sabe que le pasa a los condemnados, se cuentan historias... ¡pero no quiero oirlas! Hace unos meses que tomar también mi mamá. A menudo nos hacen una inyección y si eres afortunados y quema, significa que te han eligido. -

Yo espero, los demás lloran desesperados, juran.

Yo espero, paso los días mirando arriba, hacia la única ventana. Consigo percibir el aire, el olor de la nieve del invierno, la brisa de la primavera, las hojas secas del otoño. Y volver a percibirle, puntualmente, marca mi vida.

Algunos días, cuando llega el viento del Sur, mi cuerpo se rellena de una extraña sensación, un olor firme, fuerte e inmenso.

Sí, ¡creo conseguir oler el mar! En ser sincero no sé que es el mar, oí hablar Ben, una de las nuevas entradas, él conoce bien el mar, algo mil veces más grande que mi bol, infinito, hasta donde alcanza la vista, me decía.

Me gustría verlo, sumergirme, nadar, quien sabe si podría hacerlo, Ben dice que es sencillo, basta con mover rápidamente las patas y mantener el hocico hacia arriba. A lo mejor, un día, ententaré.

Son las 18:30, me pongo en la cola para la comida.

La inyección de hoy quemaba.

Por fin saldré de aquí.

 

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