Arde Lisa

Si no hubiera sido por el cigarillo, seríamos almas gemelas. Yo a la derecha, ella a la izquierda, siempre. Yo amo estar en silencio mientras fumo, en cambio ella habla. Y hablaba, murmuraba, y yo la escuchaba, frente a aquel espectáculo.  Amaba tomar siempre las cosas de frente y tener los hombros rectos a la presencia del mundo, pero yo siempre me quedaba medio paso atrás para recogerla cuando la armadura se caía. Y con aquel calor, seguro se derretiría, fundida trás las llamas.

No es que lo había pensado mucho. Nada era premeditado, más bien todo había sido hecho de manera natural. Un subseguirse de eventos que nos llevaron allí, inevitablemente.

No hay nasa más molesto que despertarse temprano por la mañana para llegar con anticipación a la única clase interesante del día, y descubrir que te han tomado el lugar. No hay lugares asignados, claro. Pero despuès de cuatro años, todos saben donde hay que sentarse y donde no hay que sentarse para nada. Es una cuestión de costumbre, de respeto. Son estas las cosas para que puede enfadarse, yo lo sé, ellos no. Así que aquella mañana, una vez pasado el umbral, las acciones se alternaron, como sobre un plano inclinado.

Los dos, para colmo, seguían haciendo gestos audaces: una levantó la mano para contestar al profesor con el que ella querría hacer su tesis y el otro tomó un café en su máquina  favorita, quedandose adelante, impediendole de tomar su propio café. Habría sido suficiente decirle de moverse, pero para ella esto era un claro signo. Habían decidido hacerle pagar aquella vez en que había dado la hora equivocada para una clase.  Podrían perdonarla ya, per no. Salidos de la clase, él la golpeó con su ordenador.  Inadvertidamente, dije yo. Pero ella ya estaba rígida y sin perdono. De verdad ellos no querían entender, en cambio yo entendía ella.

Siempre hay alguien que se queda después de la clase, quien fuma, quien chatea, quien hace las dos cosas, y esto me molesta. Si fumas, no hablas. No puedes hablar y fumar al mismo tiempo porqué o bien el cigarillo se consuma mientras parloteas, y no respetas el tabaco, o bien hablas come una pobre tóxica. Por esto podríamos pelearnos por horas. Pero aquel día ella no habló: escuchó. Terminó el cigarillo y me dijo: “hoy por la tarde tenemos que hacer algo”. Nada inusual, de verdad; siempre decía eso después de la clase. Luego me dijo nos viéramos bajo de mi piso. Esto sí era inusual.

A las 15 no había nadie por la calle. Yo bajé y la vi con un contenedor, me acerqué y oleé. Yo la entiendo, la siento como si fuera una parte de mí, consigo aliviar su dolor solo siguiendo su corriente. Tomé el coche y ella me guió hacia una área apartada por el día, donde había otro coche, lo que esperaba encontrar: abrió la guantera, tomó el mechero y la vi alejarse. Luego se puso mirando, y yo detrás de ella. 

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