Colgar las propias ansiedades al perchero antes de acostarse

Lorenzo siempre ha sido diferente. Uno de aquellos que cuelgan sus propias ansiedades al perchero antes de acostarse y puntualmente las olvidan antes de salir. Escucha Battisti en su walkman y anda por horas, solo. No sale bien en el colegio, pero a pesar de todo nunca faltaría un día. No reza a sus padres, pero los inunda de las profundas inseguridades de quien no entiende.

Las chiquillas de su edad están locas por él, lo rellenan de billetes, fotografías, invitos y regalitos, él no entiende absolutamente nada, pero coge los presentes y goza de esto. Y luego los comparte con todos, sonriendo, pero sin ver a nadie. Cuando se sumerge en un libro o en una imagen, pero también en una puesta de sol, es como si estuviera volando ahí dentro.

Se trata de un clásico ejemplar de chico con la cabeza entre las nubes también llamado por las enseñantes: es inteligente pero no se aplica. No necesita nada, si non de la frescura del mar en agosto y unos cigarrillos en las horas más aburridas.

Enea en cambio, ya viene etiquetado como loco. Por lo menos por la mayor parte de las personas que lo ven por primera vez. Algunos lo definirían, un sin hogar, pero creo que una definición más adecuada para uno como él sea: alguien sin necesidad de un hogar. Alto y robusto, no se parece absolutamente a un perro enfermo, sus maxilares también, son anchos y es fácil entender como debajo de aquellos trapos se esconde un coloso. Él, no ha parado más de andar y tararea debajo los bigotes canciones de Bob Dylan, repensando siempre en la misma persona.

Aparentemente no podría existir ninguna conexión entre los dos, tampoco se han visto nunca, pero están a punto de rencontrarse, ambos, cara a cara, en el momento en que sus vidas cambiarán.

Lorenzo está en la playa con unos amigos, o dichos tales. En realidad, él está tumbado, con ojos cerrados que escucha Io vorrei…non vorrei…ma se vuoi, y prácticamente es como si fuera solo. Si no fuera por aquella plasta que es Mara, que está a punto de tumbarse a su lado. Lorenzo molestado la alejará, le mentirá, y le dirá que tiene sed y que se va a tomar algo. Se levantará y simulará ir hacia el distribuidor automático. Enea, como siempre, estará caminando, y verá Lorenzo acercándose al distribuidor. Enea para vivir recurre a la bondad de los demás. No pide limosna, nunca ha creído en el concepto católico sobre la caridad cristiana. Nunca ha sido como los otros, no bebe y no se droga, pero tampoco utiliza el dinero. A menudo tiene que avanzar un paso hacia el género humano, enseñar a alguien que tiene una necesidad. Lleva así veinticuatro años, y hoy también Enea ha comido y bebido.

La increíble historia de Lorenzo y Enea empezará propio cuando se encontrarán delante de aquel distribuidor automático, que nunca utilizarán. Lorenzo, la cuya atención había sido llamada por aquel raro señor, empezará a hacerle preguntas, prometiéndole la lata, como había hecho muchas otras veces. Por un lado para no volver a donde lo espera la chica en la playa, por otro porque cada palabra que saldrá de la boca de Enea, resultará a sus orejas como algo de inestimablemente verdadero. Así que pasarán la noche hablando, se encontrarán cada día, siempre en maneras misteriosas y fatídicas, y por fin partirán juntos, después de menos que un mes de aquel encuentro. Pasarán la vida juntos, hasta que Enea morirá y Lorenzo podrá aprovechar de la pensión asistencial.

¿Cómo empieza una aventura? En maneras misteriosas y fatídicas, solo hace falta colgar las propias ansiedades al perchero antes de acostarse y puntualmente olvidarlas antes de salir.