Apartamento seis

 

Mí padre me ha educado como se hace con un perro: reglas precisas, obediencia y muy poca psicologia. Y yo, como un perro, he sido fiel a él en toda mí vida y lo seré para todo el tiempo que me queda.

Yo sé, mejor que muchas otras personas, lo que es justo y lo que no lo es, y siempre lo he sabido. Es por esto que puedo afirmar, sin rémora alguna, que cada vez que he caído en un error, siempre he sido consciente del tropiezo. Podría avalar millones de razones para justificarme, para aliviar mis culpas, pero sé perfectamente que ninguna de estas podría poner en segundo plano la capacidad de entender y querer que me define.

Quizás por esto tengo la necesidad, de vez en cuando, de ofuscarme, confonderme, dejarme. Olvidarme....

Llegué a la dirección poco después del amanecer.

El asfalto era negro y oro, al rededor de mí había solo un silencio confortante, envolvente.

Me quedé dudosa a la puerta por unos segundos, luego tomé coraje y enserté las llaves; un clic, solo uno y se abrió.

Me encontré dentro de un gran jardín, de que se desganchaban tres calles delimitadas por setos; en aquel momento me parecía de ser como Teseo, perdido en su laberinto, a la busqueda del hilo de su Arianna; lo desencové en mi bolso, apelotonado en el fundo de un bolsillo: escalera c, aquí está, última planta.

Nada ascensor, joder!

Fue un subseguirse de traumas: laberintos, zurraco, ninguna facilitación; pesaba todo, fisicamente y moralmente, y a cada peldaño cargaba siempre más: por qué estoy aquí? Por qué no tendría que estar aquí? Por qué todavía me pongo estas preguntas?

Seis plantas, seis larguísimas plantas y aquí estoy: una puerta roja, de las que se veen en las revistas de decoraciones que recuerdan mucho la Europa del Norte, con una tarjeta donde estaba escrito “Apartamento seis”. Entro. La casa es muy hermosa: con un gusto masculino, es evidente, esencial pero con elegancia. En frente de mí una grande ventana, desde la cual entra una luz que ilumina brutalmente cualquiera cosa: un cómodo sofá, una lampara industrial, una estampa de De Chirico pegada a la pared, un despertador amarillo limón que no funcionaba, una máquina de escribir, tres viejas cámaras y unas fotos diseminadas aquí y allá, puestas de manera casual con intención.

Pongo el zucarro a lado del sofá, tomo lo que necesito y pienso que, si lo encuentro, me hago un café.

Hay tiempo todavía, me enrollo un porro y me siento.

Trato de recoger las ideas: los últimos diez minutos han sido una avalancha de emociones, y además yo me impresiono facilmente, sobre todo cuando me siento así: en vilo.

Y cuando me siento en vilo, para equilibrarme, me fijo en las cosas; alguien diría que estoy atenta a los detalles, yo sé que los detalles me ayudan a distraerme de los pensamientos.

Desde la ventana puedo veer el interior de una casa del palacio en frente, precisamente la cocina: una niña está sentada a la mesa, bebe de una taza con dibujos de flores, aún adormillada. Es guapísima: pelo rizado, negro y dos ojos grandes, verdes e inocentes, sonríe y es aún más guapa. Sonríe a su papá, me parece, mejor estoy segura, mientras que él ha entrado en el cuarto y bebe tambiénn su café. Se vee que son felices, se entiende de los gestos, se vee que sienten el amor que solo un padre y una hija conocen, la complicidad primordial que liga femenino y masculino y que será difícil, a lo largo de la vida, encontrar con otro hombre, con otra mujer.

Estoy tan fijada en mis pensamientos que no me do cuenta de la puerta que se abre, joder!

“Greta!?! Pero... que haces aquí? Como has logrado encontrarme?”

“Papá... yo también estoy feliz de verte”

“Sí... Claro! Quieres un café? Ah, veo que ya te sirviste sola!”

Y me da la espalda.  Se afana con la cafetera, no está nervioso no, está fastidiado.

Ningun abrazo, ní una lágrima, ní una sonrisa.

Nada.

He entrado en su guarida, lo he desencovado como si fuera un conejo y él, lo sé, no puede esperar a que la deje.

Lo oigo decir frases como: que tal, tu madre se ha casado otra vez, te diplomaste, tienes novio, trabajas?

Y yo no consigo decir nada.

Soy Teseo, papá y tú eres mí Minotauro.

“Greta! Me acuerdo que de niña eras más despierta! Entonces? Cuenta? Que combinas? Trabajas?”

Como si fuera la cosa más importante.

“Si papá, trabajo…. Trabajo sobre mí misma”.

Me mira sarcástico.

Pues: yo hubiera querido decir un montón de cosas, lo juro.

Hubiera querido preguntarle muchas cosas, llorar todas las lágrimas de una vida, acusarlo solo para perdonarlo, hubiera querido perderme en aquel abrazo, deaseado por muchísimo tiempo, para emerger con una sonrisa.

En cambio, solo logré decir: “Mata a tu Padre. Mata a tu Maestro” y disparé.

Un solo disparo. Directo al corazón.

Mí padre me ha educado como se hace con un perro: reglas precisas, obediencia y muy poca psicologia.

Y ahora yo, solo obedesco a mí misma.