Anonimidad

Soy una chica guapa, creo que os giraríais en la calle si pasara cerca de vosotros. Pienso también que os gustaría charlar conmigo: os entrarían ganas de invitarme a un café.

Mi único deseo era salvarme. He recorrido tantas calles para conseguir mi objetivo: la dedicación total al trabajo y a la familia, la inmersión en el arte y en la naturaleza, y después el amor. No ha aparecido el momento preciso para encontrar el amor, en cualquier cosa que hacía buscaba una afinidad electiva.  De vez en cuando advertía un meneo, una chispa que me elevaba como ninguna otra cosa conseguía hacer. Después, implacable, aparecía la mentira. Al principio no le hacía caso: si eran mentiras pequeñas e inocentes, sentía que de algún modo el mundo giraba dellado correcto también gracias a eso, y yo misma de vez en cuando lo utilizaba y me perdonaba, me justificaba. Cuando eran más grandes me enfadaba, gritaba a la injusticia o a la traición, y debo admitir que este sí y no me serenaba. El problema comenzó cuando, con el pasar de los años y de la gente conocida, las mentiras se habían hecho copiosas. No las sabía gestionar, no las interceptaba antes de que me hicieran daño y me quedaba paralizada cuando descubría alguna de ellas. Eliminé entonces aquello que me causaba más desilusiones: renuncié  a frecuentar hombres…¡y os aseguro que me costaba mucho! Pasé bastante tiempo en paz, dedicándome a mí misma, pero pronto recibí pequeñas desilusiones también de los amigos. Entonces probé a reducir todo a la familia y a las relaciones sociales, pero ¡ninguno, ninguno estaba exento! Busqué pues un refugio, un lugar donde poder estar conmigo misma y cultivar la ilusión de vivir.

Nos ocupabamos de los terrenos de aquí al lado, de la cocina, leíamos, navegábamos por internet, hacíamos aquello que más nos agradaba. Mi actividad favorita es fotografiar el edificio: intento captar en una fotografía lo qué representa para nosotros. El programa espera también una regular, no constante, actividad física. La primera vez que lo encontré no conseguí siquiera tocarlo.  Él no hacía nada, se quedaba todo el tiempo sentado en la cama, quieto y en silencio. Se le paga para satisfacernos, pero solo si así lo deseamos. Alguno de nosotros evitamos los encuentros durante largos periodos, otros ni siquiera se lo han encontrado nunca y otros todavía hacen reservas lo antes posible. Desde el primer encuentro, mudo e inamovible, al segundo pasaron varios meses; no era tampoco sencillo para mí pensar en compartir un hombre con otros, pero no existen los celos para el cuerpo solo, y de él ni tenía ni quería otro. Al principio creía no poder soportarlo, no lo había elegido y no lo habría elegido nunca si lo hubiese conocido fuera de aquí, pero tenía una dote: era solo un cuerpo que trabajaba honestamente. ¡Lo he disfrutado…vaya si lo he disfrutado!

Son cinco años que saco una foto y escribo esta carta al final de cada encuentro, la envío a direcciones de la ciudad que recuerdo, esperando que alguien la lea y venga a decirme que no sabe contar mentiras.

Le creeré, y os creeré.

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