Vaivén

Cuando mi maestro de teatro, al final de la primera clase, pidió a la compañía teatral los ejercicios para hacer en casa, me quedé en un primer momento perplejo, me sentí después afligido hasta finalmente experimentar un sentimiento de auténtica vergüenza.

Uno de los ejercicios para realizar, día tras día, consistía en prestar atención, durante un cotidiano paseo a pie, a todas las cosas que normalmente apenas llegan al umbral de la conciencia a causa del hábito. Un paseo que debía ser lo suficientemente largo para hacer ejercicios espirituales.

Fue terrible comprobar que mi vida diaria no consistía en otra cosa más que la columna de escaleras que del edificio me llevaba hasta la máquina de café.

Elegí entonces abandonar la propuesta del maestro y hacer de la vergüenza mi única constante. Pensar en ello, un experimento loco: se tiene vergüenza por las acciones obligadas, no por aquello que se nos impone por las constricciones de la vida social. Pero si fuese capaz de hacer que la vergüenza se sorprendiese de la realidad, habría quizás encontrado un ejercicio de atención y cuidado todavía superior.

Bien temprano me percaté que la única circunstancia notable durante mi vaivén sobre goma neumática eran los encuentros con los cadáveres de los animales violentamente golpeados por la furia inconsciente de nuestra prisa. Encontré, por decirlo de alguna manera, porqué la verdad trata de avistamientos a una cierta distancia, que varían de doscientos a cien metros,  justo el tiempo para prepararse para el espectáculo. Encontré que dejábamos, al final, solo un relampagueo de entrañas y sangre roja, junto a miembros esparcidos y barridos piadosamente al borde de la calle.

Día tras día, esperaba distinguir una víctima de la loca carrera. Y lo encontraba, continuamente: una sorprendente cadena de almas que alimentaban aquel ejercicio macabro mío. Pensé también al hecho que, tarde o temprano, me habría tocado a mí embestir a un animal, que me habría obligado a parar el coche al borde del asfalto. Sin embargo, continué simplemente siendo un voyeur, a la espera de quién sabe qué revelación.

Esperaba entonces que un escalofrío sorpendiese a mi vergüenza. Pensaba como evitar el repentino suceso, abrumado por la descarga de frustración con la cual la jornada se estaba prolongando, tomando nota de aquello que pudiese ser comprendido al margen.  Figurándome cada vez, parado, al borde de la carretera, como prestarle al menos un minuto de pietas a aquellos pobres restos.

Pero la imaginación no conseguía llenar el vacío que se alargaba en torno a aquellos despojos. Me acercaba como un fantasma sin poder tocar nada, sin conseguir resolver el misterio que había abandonado para siempre los ojos de todos aquellos animales.  Quién sabe si tenían un amigo humano en algún lugar. A lo mejor estaban siendo buscados por alguno que esperaba poder volver a abrazarlos. Mejor no, me decía no sin un tremendo sentimiento de inadecuación por aquella escena angustiosa. Más que otra cosa, no conseguía hacer salir la vergüenza hasta las extremidades del alma, la dejaba congelada, bajo tierra. Con el pasar del tiempo, el experimento me resultaba perdido, una derrota fulminante y vana.

La solución a aquel enigma llegó un día que me vi obligado a coger el autobús, para acercarme al trabajo: en el camino de vuelta, en una parada, mi atención fue capturada por una prostituta que trabajaba por la noche, sentada en el bordillo de la acera. Se le veía el sexo, ofrecido a quien –como yo- mirase desde una cierta distancia. Y entonces, el escalofrío. Mire a otro lado en parte por pudor y surqué todo el horizonte del anochecer como un meteorito.

Finalmente la vergüenza tendría cualquier cosa que contar.

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