Ad terram redeo

Los matices de la alfombra de hojas donde involuntariamente yazgo me donan un bienestar efímero, pero sin embargo suficiente para que me distraiga del dolor punzante que desagarra mi bajo vientre. Observo como las vetas rojas se desanudan sobre la superficie amarilla y de contornos tiernos y definidos, chispeante por las gotas de rocío que la alhajan; lo único que afea esos centímetros de perfección es un pequeño agujero en el centro. Me hace sonreír lo tan semejante que somos yo y esta hoja: dos cuerpos moribundos colocados suavemente al suelo y con un agujero en el estómago, obligadas a este destino por la voluntad irreversible de nuestros padres.

Aquí es donde di mis primeros pasos: sostenida por manos a la que consideraba amigas me lanzaba al descubrimiento de las sorpresas que aquel mundo, todavía inexplorado, guardaba para mí y para mi ilimitada curiosidad infantil. Durante el invierno, cuando todo estaba cubierto por la nieve de un blanco inmaculado, yo y mis amigos lo pasábamos genial, construyendo trincheras desde donde luchábamos en una guerra cruel de bolas de nieve. Al llegar de la primavera se transformaba en un jardín ameno constelado de flores coloradas y perfumadas, recién florecidos. En verano era nuestro destino favorito, yo y mi comitiva nos quedábamos a comer pan, mantequilla y mermelada; mientras durante el otoño solíamos recoger avellanas y aplastarlas con una piedra muy grande para comerlas ávidamente como si fuéramos pequeños salvajes.

Se me está lentamente nublando la vista, mientras los últimos rayos de sol me acarician la cara como haría un padre cariñoso, lo que nunca tuve y que siempre deseé. No es la muerte inminente la que me asusta sino la conciencia de volver a ser nadie sin antes probar lo que significa sentirse amadas.

Después del disparo me abrazó y me pidió disculpa; hasta, llorando, me besó en la frente. Lo miraba impasible, confundida, tampoco intenté elaborar una reacción adecuada. Estaba agotada y el seguía mirándome con ojos perdidos y asustados. Por un momento pensé hasta en compadecerlo. Después de todo no habría sido la primera vez, pero afortunadamente mis escasas fuerzas me han impedido de hacer una estupidez de este tipo. ¿Cómo se puede sentir lástima por su propio torturador? De verdad no sé, a pesar de perdonarlo infinitas veces por las atrocidades que me había hecho.

Hasta hoy nunca me había rebelado, y precisamente esta reacción inesperada lo hizo saltar: habrá sentido vacilar su posición de padre tirano, por lo tanto intentó reestablecer los papeles usuales. Tengo que entender, lo hizo solo para llamar todo al orden. A fin de cuentas es intolerable ser privados de algo que siempre teniamos en nuestro bolsillo. ¿Me equivoco? No creo, porque todos sabían y nadie movió un músculo para ayudarme a escapar del dominio de ese monstruo, entonces sería de hipócritas afirmar lo contrario justo ahora.

Aquí estamos. Como la hiedra venenosa, el frío sube de las piernas a los brazos, pero siento un calor muy agradable que inunda mi estómago: no tengo una perspectiva general de lo que está pasando cerca del ombligo, pero estoy segura de que dentro de poco regresaré a la tierra.